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Del dolor y otros demonios

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Cuánto nos empeñamos, algunos más que otros, en controlarlo todo, en querer cambiar el mundo, en aferrarnos a aquello que nos hace felices y apartar el dolor de nuestro camino.

Cuando encuentras algo maravilloso y espectacular crees poseerlo, crees que te lo mereces y nunca lo vas a perder, te acomodas en esa dulce sensación de bienestar y eso que unos llaman felicidad, otros estabilidad, otros pasión.

Y así vas viviendo, porque es lo que te empuja hacia delante y te motiva, la belleza, esté donde esté: en un momento, un paisaje, un aroma, un sonido, una caricia.

El dolor, la enfermedad, el sufrimiento forman parte de este tinglao. No queremos verlo: queremos vivir como si fuéramos eternos, como si siempre fuéramos a tener una segunda oportunidad, como si el tren pasara mil veces por la estación sin soterrar… cuando no es así.

Pero la realidad es muy cabrona: llega un día y te pone en tu sitio, cuando menos lo esperas te da una sacudida tremenda en forma de enfermedad propia o de alguien cercano; o te quita lo que te movía, el torbellino que movía tu vida; o te hunde de nuevo en el brote que te aterroriza… porque ¿cómo volver a vivir en el dolor, en la ausencia, en el miedo cuando habías conseguido ser feliz?

Cuando nos diagnostican una enfermedad, lo primero que pensamos es ¿por qué a mi?. Es la rabia por tener tan mala suerte, es el miedo a qué pasará, es la sensación de que no es el momento, aún queda mucho por hacer y esto no puede impedírtelo.

Pero es que esta vida no funciona así: nadie merece estar enfermo, nunca es buen momento para sufrir.

¿Y qué hacemos?, ¡porque tampoco podemos vivir pensando en el sufrimiento y el dolor que un día llegará!

Pues no, tampoco es eso, y yo no tengo la respuesta, pero los momentos de la vida que me ha tocado sufrir de alguna manera me han enseñado varias cosas que me ayudan a vivir y ser feliz:

  1. Valoro lo bueno que me ocurre como si no se fuera a repetir nunca.
  2. No dejo nada importante para después. Me pongo a ello por si acaso no tengo otra ocasión.
  3. Nunca me olvido de los que sufren. Me duele lo que le duele a los míos. No me voy muy lejos del dolor, anda por aquí dando vueltas. Tampoco me regodeo, pero sé que tarde o temprano vuelve.
  4. Si alguien a quien quiero está mal, yo también. Cerrar los ojos es morir antes de tiempo.
  5. Entiendo el miedo a morir. Pero no el miedo a vivir. Vivir, a pesar del dolor, es un regalo.

Hace tiempo alguien me dijo algo: Los únicos momentos en mi vida que recordaré cuando ésta vaya a acabarse serán aquellos en los que lo pasé fatal, estuve al límite y sufrí. El resto de mi vida ha transcurrido sin pena ni gloria. Lo que me ha hecho sentir vivo, me ha hecho tomar decisiones, me ha marcado y me ha hecho llorar conforma lo que ha sido mi vida. El resto es prescindible. Me quedo con esos momentos.

Y yo también. Sin duda, si me das a elegir, me quedo contigo.

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